

Diciembre 11, 2025 - 14 minutos de lectura

Hay algo en las novelas Dan Brown que no termino de entender del todo. Cada vez que publica una nueva entrega en la saga de Robert Langdon, sé exactamente qué me voy a encontrar: capítulos cortos que finalizan sin falta con un gancho que te obliga a seguir, mucha simbología apareciendo por cada rincón del texto, un personaje ambiguo y misterioso que parece ser malo pero nunca terminas de estar seguro, y un profesor universitario que, a estas alturas, debe tener el record guinness de mayor número de conspiraciones globales a las que ha sobrevivido un ser humano. Y aun así, me engancha al nivel de no poder dejar el libro. El último secreto no es la excepción. Es —otra vez— Dan Brown siendo Dan Brown. Y otra vez, funciona. No sé cómo lo hace.
Esta vez Langdon viaja a Praga, una ciudad que Brown aprovecha como un tablero perfecto para el misterio: calles que parecen laberintos, arte cargado de simbolismo, historia en cada esquina. No conozco Praga, pero le creo al detalle de sus descripciones. Allí lo alcanza la conspiración, aunque en realidad el punto de partida esta vez es su compañera sentimental. Sí, por fin después de tantas historias, Robert Langdon tiene pareja. Katherine Solomon, a quien ya conocíamos de "El símbolo Perdido" donde su hermano desaparece y ella misma se ve en riesgo, ha escrito un libro que promete revolucionar su campo. Un libro tan incómodo y disruptivo que desata una red violenta dispuesta a borrar cada rastro de él, incluida su autora y su pareja.
A partir de ahí, ambos quedan atrapados en una mezcla explosiva: militares, políticos, una organización misteriosa que parece mover los hilos desde las sombras —lo cual es cuando menos curioso, pues en todos sus libros hay una organización moviendo los hilos en las sombras y en todos es una organización diferente—, y un personaje mítico que, de un modo u otro, parece haberse vuelto real. Mientras intentan mantener con vida el manuscrito descubren un proyecto oculto que cambiaría todo lo que entendemos sobre la mente humana. Es, sin exagerar, la típica escalada browniana: de "alguien nos persigue" a "esto podría alterar el destino de la ciencia, la política, y tal vez de la especie humana". Y si, aún con todo eso es de esos libros en los que sientes la necesidad de llegar al final.
Creo que parte de mi conflicto con esta novela —y con la saga en general— nace de una decisión que se debe tomar como lector: ¿Debería leerse "El último secreto" como una novela independiente, o como un capítulo más en la vida de Langdon? Si lo ves como libro suelto, funciona perfecto: thriller con ciencia especulativa, un notable esfuerzo por respetar reglas reales de la física, ritmo frenético, ambientación trabajada, un antagonista que al principio no sabemos si es enemigo o víctima, y giros suficientes para mantener el pulso acelerado. Pero si la ves como parte de una saga, ahí es donde empieza a flaquear.
Porque, seamos honestos: ¿cuántas conspiraciones globales puede vivir un profesor de simbología religiosa sin que empiece a sonar absurdo? Brown escribe en el mundo real: no hay magia como en Harry Potter, no hay universos alternos como en His Dark Materials, ni hay viajes en el tiempo como en Timeline. El mundo es el real del siglo XXI, y se esfuerza para que así sea: Cada sitio es un sitio real descrito a la perfección y cada organización mencionada, política o privada también lo es. Incluso la ciencia mencionada intenta tener unas bases tan reales como sea posible. Y aun así, en el mundo real, este académico ya ha sobrevivido atentados contra el Vaticano, secretos milenarios que comprometen a la Iglesia, organizaciones ocultas con siglos de historia, sociedades tecnológicas ultra poderosas, científicos locos creando virus que destruyan media humanidad, y ahora un proyecto científico que amenaza con reescribir lo que sabemos de la mente humana. Si uno toma la saga en serio, es casi un milagro que Langdon siga dando clase.
Pero creo que ese es precisamente el efecto Brown: uno sabe que todo es excesivo, repetido, a ratos poco creíble, y aun así todo funciona como un reloj suizo. Incluso cuando usa recursos que ya bordean la autoparodia —como ese momento típico en que Langdon está huyendo por su vida y de repente se detiene a recordar una anécdota académica sobre una obra de arte—, el ritmo no se rompe. Debería romperse pero no lo hace. Ahí, creo yo, está su magia: caminar en la cuerda floja sobre clichés, sobre fórmulas gastadas, sobre ideas que en cualquier otro autor serían un desastre, y mantener el equilibrio.
El último secreto también incluye cosas que Brown hacía tiempo no lograba tan bien. La relación con Katherine se siente más natural; no es "la mujer del libro que aparece para resolver algo y luego se esfuma". El "villano" tiene motivaciones claras y no termina revelándose como una caricatura, algo que no siempre ha logrado. La ciencia especulativa tiene coherencia interna en la medida de lo posible; no suena a pura locura conceptual. Y los giros finales están a la altura de la tensión acumulada.
Para terminar, no voy a fingir un purismo literario que no siento. Yo disfruté el libro. Muchísimo. Lo leí más rápido que todos los otros libros que he leído este año, a pesar de tener más de 800 páginas. Leer a Brown es, para mí, un gusto culposo: sé que voy a encontrar lo bueno y lo malo, sé que me voy a quejar de las mismas cosas que me he quejado antes, sé que voy a pelear mentalmente cuando Langdon explique simbología en medio de una persecución. Y aún así ahí estoy, leyendo rápido, pasando página, sintiendo la adrenalina, disfrutando como disfruté Ángeles y demonios la primera vez.
Tal vez esa sea su verdadera fórmula secreta: no escribe libros perfectos, escribe libros irresistibles.
Para mí, El último secreto es un 8/10.
Reseña publicada en goodreads. Si te interesa el libro, lo puedes conseguir en buscalibre.