

Agosto 27, 2025 - 12 minutos de lectura

La cuadra es un relato sin adornos. Un costumbrismo brutal, escrito con una voz que no se detiene en comillas ni guiones, donde los diálogos y los pensamientos corren dentro del mismo párrafo y, aun así, fluyen con naturalidad. No sigue la clásica estructura de inicio, nudo y desenlace, sino que cada capítulo es una historia autoconclusiva: empieza en la niñez o juventud del personaje, recorre su camino delictivo y llega a su final, donde para sorpresa de nadie, muere. Luego, el siguiente capítulo vuelve al inicio y repite el ciclo con otro protagonista. No teme a los spoilers: mucho antes de profundizar en Claudia, Denis o Alquivar, ya conocemos cómo terminarán sus historias. Y esa repetición, lejos de restarle fuerza, genera un efecto contundente: todos los destinos están sellados desde el principio. Esa forma de escribir que en otros autores sería un desastre, de algún modo que no termino de entender no solo funciona sino que se siente más cercano y más emotivo. Como novela, en el sentido más literario, es potente, entretenida y muy difícil de soltar.
Pero es imposible leer La cuadra como un simple ejercicio literario. El libro es, sobre todo, un retrato de la violencia que atravesó a Colombia en los años ochenta y noventa. Una violencia narrada no desde las cifras de los noticieros, sino desde la historia de la profundidad del hogar. De un hogar que incluso podría ser el nuestro. Leerlo es asomarse a esa realidad de la que aún hoy quedan cicatrices abiertas. Y en ese sentido, más que novela, también es un documental: un testimonio dolorosamente certero de lo que fuimos —y de lo que seguimos siendo, en muchos aspectos—.
Justo ahí aparece lo que más se me hizo dificil de leer este libro. La cuadra se mueve en una frontera borrosa entre la ficción y la realidad. Algunos personajes, como los hermanos Reinaldo y Amado Riscos, son un retrato evidente de los tristemente célebres hermanos Ricardo y Armando Prisco, los matones al servicio de Pablo Escobar. Sus historias son tan conocidas que uno puede confirmar que lo narrado es, al menos, una recreación cercana a la realidad. Pero con otros personajes y pasajes no ocurre lo mismo. Y esa duda no es menor. Porque así como se muestran delitos que cobran sentido por el contexto social de la cuadra, también se describen episodios que encarnan una maldad pura, imposible de justificar.
El ejemplo más brutal es el “revolión”, una práctica de violencia sexual tan horrible que resulta hasta incómodo incluirla en esta reseña. La historia de Claudia es, quizá, la tragedia más insoportable del libro. Y leerla en primera persona como si fuera narrada por un victimario, sabiendo que otros apartes están tan apegados a lo real, abre una pregunta que no deja de dar vueltas: ¿Esto ocurrió realmente? ¿Hubo responsables que respondieron ante la justicia? ¿El autor, en algún nivel, fue testigo o participó de algo así? Busqué respuestas y no encontré mucho más allá de un artículo de Ana Cristina González titulado "Cosas de la literatura: ¿impunidad en La cuadra?", que recomiendo leer (se encuentra facilmente en Google). Y es que allí está el punto más inquietante de este libro: cuando una narración es tan verosímil, cuando arrastra tanto de lo real, se hace muy difícil trazar la línea entre la denuncia y la apología. El autor claramente busca desde la primera página hacer una crítica social a estas prácticas y a las circunstancias sociales que llevan a eso. Pero aún así queda un tufo incómodo de impunidad que hace muy dificil sobrepasar esa historia.
En resumen, La cuadra es, como novela, muy buena. Como documento de la violencia, es duro y necesario. Pero como narración de nuestra realidad más oscura, deja una incomodidad profunda: la sensación de estar frente a una obra honesta que duele profundamente. Y esa incomodidad, es quizá la huella más fuerte que deja.
Reseña publicada en goodreads. Si te interesa el libro, lo puedes conseguir en buscalibre.